Cuento

Espere afuera un momento

Narrativa/ autora: Nicté-Ha Azeneth Salas Mendoza

Mi corazón es una casa, y como en muchas otras cosas mantener mi casa limpia era una tarea que hacía a diario, siempre procuraba tener la casa lista, limpia, oliendo rico.
Un día decidí abrir la puerta de mi casa, en varias ocasiones entraban “basuritas” que a veces me daba cuenta rápido y las sacaba de mi casa y volvía a limpiar.
Después de cierto tiempo entró alguien que al principio mantuvo el orden que yo quería que mi casa tuviera, pero al paso del tiempo la persona que entró empezó a mover todo lo que en mi casa había, una cosa la cambiaba por otra, sacó muchas cosas que yo no quería que sacara, movía de lugar las cosas importantes y eso me angustiaba y me ponía triste. Al parecer me faltaba voluntad para sacar a esa persona de mi casa. Tanto tiempo se quedó esa persona en mi casa que prácticamente remodeló todo mi espacio, y a mis ojos esa casa ya no me gustaba, no me sentía a gusto en mi propia casa, no era lo que yo había formado para mí, no era el lugar donde me sentía plena, segura, feliz.
Fueron tantas noches y días los cuales lloré porque mi casa ya no era la misma, por más que trataba de limpiar y acomodar no podría volver a dejarla como antes; era tanto el desorden que había que no sabía qué hacer o por dónde empezar. Entonces decidí fundir los focos de mi casa para no seguir viendo esa realidad y de esa manera dejé que siguiera transcurriendo el tiempo.

Un día entro una luz tan brillante a mi casa que iluminó cada espacio, cada rincón. Para mí fue tan sorprendente que desde afuera esa luz pudiera iluminar el interior de mi casa. Esa luz hizo que viera nuevamente que mi casa era todo, todo menos el lugar que me hacía feliz.
Fue ahí cuando me arme de valor y empecé a hacer algo para poder sacar a esa persona que había hecho de mi hogar un caos.
Fue muy difícil salir de mi área de confort y hasta ahorita me está costando el hecho de haber decidido sacar a esa persona de mi casa, pero ¿saben? Esa persona ya no está en mi casa. Y desde que salió me sentí muy, muy bien; me sentí tranquila, en paz, ligera, siento como si esa luz que entró me hubiera recargado de nuevas fuerzas.

Les confieso: esa luz es otra persona, y sinceramente quisiera que pasara por completo a mi casa, que no se quede afuera. Pero sinceramente me da mucha pena que entre ahorita, porque mi casa está sucia, desacomodada, no huele bonito, no es el lugar que quiero que esa persona vea.
Quiero limpiar, acomodar todo lo que está mal, reconstruir si es necesario.
No miento, esa luz me ha ayudado bastante para poder ver que es lo que debo de hacer en mi casa. Pero aquí entra un nuevo dilema interno: quiero que esa persona entre, pero a la vez quiero que espere para poder limpiar mi casa para él, para que cuando entre encuentre lo mejor en esa casa, que pueda disfrutar de la estancia ahí, que perciba un olor rico, fresco, relajante, agradable, que no se tropiece con tanto desorden, que pueda caminar libremente en mi casa. Y una vez que esa persona este adentro, solo busque mejorar mi casa y no cambiarla.

Sí, si tengo miedo, porque aunque no quiera ya siento algo por esa persona, y no que no lo quiera sentir, simplemente me da miedo que en este momento lo que yo le ofrezca a esa persona no sea de calidad, es por eso que prefiero limpiar mi casa y hacerlo que espere afuera un momento si es que está dispuesto.

Y si esa persona espera a que termine de limpiar y entra a mi casa, sin dudas encontrará lo mejor porque cuando yo ofrezco el pase a mi casa, es lo mejor que como humano sé hacer, entregar lo mejor que tengo.

Y si esa persona llegase a entrar y no se queda por mucho tiempo, incluso si llegase a tener yo que sacarla, no importa, porque de eso se trata el tener una casa: limpiarla, mantenerla en orden, con olor fresco, para cuando llegue alguien encuentre estancia en un lugar agradable, y cuando sea el tiempo de partir de esa persona seguir limpiando, para la próxima visita.

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