Cuento

Lo que perdí

Valeria Rodríguez Cuéllar/ Cuento

La bolsa de basura contenía únicamente tres objetos: un bolígrafo negro sin tinta, una chaqueta rota y vieja y un dije dorado deslavado. Los tres objetos seguirían siendo posesión de Liu, de no ser porque su padre lo había forzado a hacer limpia de su cuarto. Si bien, su cuarto no era pequeño, la cantidad de objetos que acumulaba lo hacían parecer así y aunque deshacerse de tres cosas que ni bulto creaban no significaba una gran limpia, pero Liu lo sintió así.

Liu era un chico callado y aprehensivo. Quizás porque su madre de niño le enseñó a que los pantalones después sirven de bolsas, los libros viejos son los recortes del mañana y el periódico el baño de Chonchito, era que Liu tenía ese conflicto al dejar ir sus cosas. Pero de una forma u otra, la bolsa cayó haciendo un ruido molesto y Liu tuvo que partir a la preparatoria. Sus clases le parecían aburridas y el sueño le ganaba cada tanto. Un nuevo año escolar comenzaba y sin rastro de duda en su mirada, lo primero que hizo al llegar a lo que sería su banco por el resto del semestre, fue sacar unas tijeras filosas y rayar una línea recta en la paleta de éste.

Si tuviera amigos, estos pensarían que el contar los días sin hacer amigos era ridículo, pero para él, era la razón de su amarga e irónica sonrisa del día. El semestre pasado, había contado en total noventa y cuatro. Miró hacia el frente sin mucho interés, viendo como estaba sentado entre tres chicos que nunca antes había visto. Frente a él, una chica peculiar se alzaba buscando algo en su mochila. Era delgada, muy delgada, cómo esas modelos de revista que su madre solía comprar. Su cabello era corto, negro azabache cómo sus ojos, los cuales combinaban con toda su vestimenta del mismo color oscuro.

—Te cobro la foto—Dijo ella en tono burlesco.

Liu desvió la mirada hacia la derecha, apenado. Se topó con dos ojos azules mirándolo con gracia y unas cejas rubias pobladas rodeadas de pecas claras. El chico no era de facciones finas. Vestía cómo cualquier jugador de americano de su clase, excepto que no tenía la mirada de “Voy a golpearte”, típica de éstos. Liu se removió incómodo en el asiento, ¿Quiénes eran estos tipos? Justo cuando creyó que la situación no podía ponerse peor, ya logrando apreciar su zona de confort irse lentamente por un tubo, sintió unos leves toques en el hombro izquierdo.

—Soy Davina, mucho gusto—Dijo una chica alegre de cabellos dorados—. ¿Tú eres nuevo también?

Quisiera serlo, pensó Liu. Tal vez así fingiría demencia y se ahorraría el tener que presentar la escuela o lo que fuera que aquella chica quisiera de él, terminando por decidir que quedarse callado solo lo haría ver más extraño.

—Liu. No, llevo aquí toda mi vida.

— ¡Perfecto, encontramos un guía! —Exclamó la chica dando un corto aplauso, haciendo tintinar los brazaletes que colgaban de ambas muñecas—. La chica de adelante es Prue y por allá se sentó Chester. Los tres venimos de dónde mismo.

—Bueno, no exactamente de dónde mismo, ¿O sí, sonrisitas? —Preguntó Prue con tono socarrón, escuchando la risa grave de Chester de fondo.

—No le hagas caso a Prue, asusta a niños pequeños cómo pasatiempo. Ya sabes, es de esas que le gusta leer a Poe y escribir cuentos de miedo en la red.

— ¿Escribes? —Preguntó Liu al llamarle la atención el detalle, buscando seguir la plática para no terminar diciendo un extraño Sí o No solo para dar la impresión de que les seguía el hilo.

—Ya no tanto cómo antes—Jactó la chica al encogerse de hombros—. Llevo rato seca. Se me acabaron las ideas.

—Es una pena.

Davina abrió la boca a punto de decir algo, un comentario positivo probablemente, pero fue interrumpida por la campana que daba inicio a la primera hora. Liu con el paso de las horas, notó características cada vez más extrañas en sus nuevos compañeros de banco. Chester se rompía fácil cuando no comprendía algo, frustrándose un poco con matemáticas y física. Davina era siempre positiva, hasta que llegó la clase de orientación, dónde tras un ejercicio psicológico de Conócete a ti mismo, esos dónde debes decir tus cualidades y defectos, la volvieron casi tan seria cómo Prue. Comenzó a ponerse insegura de su cabello rubio deslavado, con la voz temblorosa y los ojos llorosos. Liu, comenzó a sospechar cada vez más, de que no era coincidencia haber conocido a chicos tan raros precisamente el mismo día que había perdido tres objetos valiosos.

Una pluma sin tinta, una chaqueta vieja y rota y un dije dorado deslavado.

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