Personaje Universitario

Margarito Cuellar: vivir, su mayor premio

Afuera llueve, en el ventanal del poniente las gotas resbalan a placer como alpinistas en la pendiente de alguna montaña blanca. De vez en vez alguna ráfaga impertinente las desfigura y quedan ahí sobre el cristal, embarradas como lágrimas en rostro de mujer triste.

Adentro ese mismo viento llega y lo cubre todo, llena la librería Gandhi de realidad recubriendo un mundo donde miles de personajes hablan en silencio en páginas otrora inmaculadas.

Estamos con Margarito Cuéllar en las mesas de leer. Nos citó en ese lugar, quizás porque en los estantes están Las vigilias, La música de piedras, Las edades felices y sus Jinetes del aire, sus libros, su obra. O simplemente porque adora las infusiones que ahí le preparan y las que disfruta mientras bebe una buena charla.

Recientemente ganó el Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para obra publicada 2014, distinción que obtuvo gracias a su libro Las Edades Felices editado por Hiperión.

De ese libro, la última página guarda el “Poema para formar un río” que en 2003 obtuvo el premio de poesía otorgado por Radio Francia Internacional y Radio HJCK de Colombia, mismo que escribió en una servilleta en un día de olvido.

“Estaba esperando (en un restaurante) a Armando Alanís (Acción Poética) con quien tenía una cita, pero a él se le olvidó y a mí –en ese momento- se me olvidó que él iba a llegar y me puse a escribir. Así -en una servilleta- surgió el poema para formar un río”, comenta.

Su inicio en la poesía- relata- fue un tanto “salvaje” pues vivía en Tamaulipas y empezó a leer, animado por sentimientos románticos que despertó en él una compañerita de secundaria.

“Empecé a escribir cosas que nunca le entregaba a ella; iba a la plaza solo a verla”.

Una poesía que escribió a ese amor estudiantil la presentó en un concurso convocado por la escuela y logró ganarlo, sin que su compañerita supiera que ella lo había inspirado.

Ese poema, otro dedicado a la madre y su gusto por la expresión oral, hicieron que un maestro de español volteará a verlo y lo motivara a leer grandes poetas como Pablo Neruda, García Lorca y Edgar Allan Poe.

Margarito desconocía la métrica, pero sus escritos evocaban la rima de los versos, dichos y refranes rurales que escuchó en su infancia cuando al calor de las fogatas mitigaba el frío potosino, con adultos que llenaban las noches ejidales de historias pueblerinas.

“En el campo la gente tiene un sentido oral que en la ciudad se ha perdido. (Yo) traía es sonsonete en la cabeza. Los refranes, los dichos, ese tipo de estructuras que ellos dicen de manera natural”, expresa.

Fue en su tierra natal, Ciudad del Maíz, donde sufrió la desilusión que marcaría su vida y que lo llevaría por los caminos de la literatura. Por ser un alumno destacado fue electo para visitar al Presidente de la República, donde luego del saludo y la foto oficial le prometieron una beca de estudios que nunca llegó. Le hacía ilusión el apoyo no tanto por el reconocimiento a su persona, sino porque en una familia de ocho hijos donde el era el mayor de los hermanos, la beca cobraba un significado especial en esos momentos de dificultad.

“Sentía mucha frustración, no creía en nada. La escritura era como un escape”.

Luego de la estancia en Tamaulipas, la familia viajó a Monterrey a la búsqueda de progreso. Margarito conoció a la maestra Delia Garda, reconocida actriz de teatro, quien lo orientó a leer poetas más contemporáneos. Estudió en la Prepa 15 y luego en la Facultad de Ciencias de la Comunicación y posteriormente realizó una maestría en arte.

Publicó poemas en los periódicos El Norte, El Porvenir y el Diario de Monterrey.

“Al ver las poesías publicadas, me decía creo que es por ahí. Yo era muy tímido, no sabía si lo que hacía tenía calidad o no. Lo poetas de Nuevo León tenían mucha fuerza, no sabía si estaba bien o me faltaba”, comenta.

En la actualidad Margarito, cuenta con aproximadamente 30 libros publicados, 18 de ellos son de poesía, otros de cuento y algunos son antologías o publicados en coautoría con otros poetas.

Ha ganado muchos premios, pero uno que recuerda de manera especial es el premio nacional de poesía convocado por la Universidad de Zacatecas en 1985, ya que gracias a la aportación económica pudo casarse.

“Con el dinero (500 mil viejos pesos) me casé. Fue en diciembre el premio y ese mes me casé”.

Otro evento importante en su vida, fue la beca que en 1999 le otorgó CONACULTA para hacer una residencia artística en Colombia, país que eligió para estar más en contacto con autores de América Latina.

“Fue despegue, fue un gran impulso, me vinculé con poetas de otros países y en dos meses y medio que estuve hice un libro y me lo publicaron”, recuerda.

De ahí fue invitado frecuente a lecturas y talleres en países de Centroamérica, donde es quizás más reconocido que en su propio país.

El año pasado CONACULTA lo reconoció como poeta nacional otorgándole una beca para creadores, misma que le permitirá seguir desarrollando su talento.

“Tenía mucho tiempo esperándola (quizás 15 años), es un estímulo y un reconocimiento muy importante”, expresa.

Pero lo que pareciera ser el recuento de los años maravillosos no es tal, en diciembre de 2010 luego de trabajar una temporada en el Distrito Federal, Margarito se reincorpora a su trabajo en la Universidad Autónoma de Nuevo León, y a los pocos días siente malestares físicos.

“Traía una molestia y me detectaron cáncer (de colon). Llegue en diciembre, me lo detectaron en enero y en febrero (de 2011) ya me estaba atendiendo. De una día a otro te cambia la vida, tenía invitaciones a Colombia y a República Dominicana y tuve que cancelar todo. Pensaba que si viajaba iba a descuidar el tratamiento y luego no podría escribir.

“Sentía que no me podía ir (morir), que todavía tenía que hacer muchas cosas, que mis hijos estaban estudiando, que todavía no había ordenado mis archivos. Dije yo no me voy”, expresa.

Vinieron operaciones y terapias intensas y desgastantes.

“La (quimio) terapia era muy pesada. Me invalidaba dos o tres días; quedas sin de deseos de hacer nada. Ahí es donde te das cuenta del valor de la vida, por el hecho de estar en una cama sin ganas de leer, sin ganas de escribir, sin deseo de hacer nada.

“Pero eso era unos días nada más, luego vuelves con una carga tremenda de energía. Es como si murieras un poquito y resurgieras con más energía. Y eso me pasaba, ya pasaban dos o tres días de la quimioterapia y volvía con mucha fuerza, leía y escribía. Nunca dejé de hacer la columna semanal para el periódico (Milenio). Estoy a un paso de que me den de alta y quitar eso y será como un fantasma que quede por ahí”.

Hoy el mayor anhelo de Margarito Cuéllar es hacer una residencia en Europa por un tiempo, ver que sus hijos se realicen, ordenar su obra y promoverla para que circule un poco más, que esté vigente; también seguir publicando y terminar un doctorado que tiene en su fase final.

Una búsqueda breve en google arroja decenas de poemas, libros, ensayos, lecturas, talleres, entrevistas, participaciones de jurado y premios estatales, nacionales e internacionales.

El más reciente lleva en su título el ser iberoamericano.

La pregunta es directa: ¿Cuál ha sido tu mayor premio?

“El mayor premio es estar vivo, para hacer lo que quieras hacer; valorar el entorno, a la gente que quieres, querer a la gente, tener amigos…”

Margarito termina su infusión, los residuos rojos del te de frambuesa, evocan la tinta joven del taller poético que formó en su juventud.

Salimos posa enmarcado por la textura de una cortina de acero, la cámara capta en su rostro la timidez que no han borrado los años. En el ventanal la lluvia escurre en un cristal agobiado por los vientos de un huracán mediatizado.

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